Blog de unidimensional

Oscuridad

Cuando se corta la luz, una angustia poderosa se apodera de mi pecho y pienso en el cine. En ocasiones incluso lloro. Las proyecto en mi mente con nostalgia, las añoro. Acabo de darme cuenta de el por qué. La oscuridad es la muerte del cine. Y la muerte del cine la siento como la mía propia, seguramente porque lo es.

Cuando trato de imaginarme una vida sin películas me siento presa de una claustrofobia asfixiante, un encierro inexplicable, un sin sentido absoluto. Entonces entiendo que el cine es la manifestación última del espíritu humano. Sin él, quedamos a la deriva en el mundo y de repente el universo nos parece tan grande como nuestra habitación, quedamos confinados a la tortura de lo inmediato. El pensar y el sentir se convierten en actividades banales, inservibles. Emociones tan cotidianas como el amor y el miedo quedan atrapadas en nuestra mente, y allí son libres de operar en nosotros con violencia y obstinación. Sin el espacio metafísico del cine, nuestra voluntad se evapora y se pierde, no decanta, no transforma. El cine nos transforma. También la falta de éste.

Mirar una película es mirar hacia adentro de algo para ver qué hay allí escondido. Esa búsqueda de lo desconocido no es otra cosa que la búsqueda de uno mismo, y esa acción es la que otorga un sentido final y decisivo.

Éste es uno de los dos momentos en los que se vuelve evidente la fragilidad de la condición humana. La otra es, por supuesto, la muerte física.

Por suerte la luz volvió. Por suerte, por azar. Podría no haber vuelto. Podría no volver jamás.

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